El deseo inconsciente

El deseo inconsciente

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El psicoanálisis plantea un nuevo nivel de objetividad, partimos de los efectos. La materia sobre la cual vamos a trabajar no es el sueño soñado, no es la escena afectiva vivida, sino el relato del sueño, el relato de la escena afectiva vivida y sobre eso aplicamos el método de interpretación psicoanalítica.

En el capítulo 7 de La interpretación de los sueños, Freud ya define que los deseos propiamente inconscientes reprimidos son los verdaderos deseos inconscientes a los que se les tiene que atribuir la energía productora de los sueños, los delirios, el pensamiento normal, la reflexión, el recuerdo y la poesía.

No se puede hacer aparecer el deseo inconsciente en la conciencia, sino bajo forma de ser transferido a otro tipo de deseo, a los restos diurnos o a la persona del psicoanalista. No se pueden hacer conscientes sino que sólo pueden provocar efectos en la conciencia valiéndose de los deseos insatisfechos. Esos deseos inconscientes reprimidos, cuando se manifiestan en la vida adulta representan la sexualidad infantil reprimida del sujeto.

El dominio progresivo de nuestra vida instintiva por la actividad intelectual nos lleva a renunciar cada vez más a la formación o conservación de deseos tan intensos como los que el niño abriga.

Aquello que dominaba en la vigilia, cuando la vida psíquica era aún muy joven y poco trabajadora, aparece ahora confinado en la vida nocturna, del mismo modo que las armas primitivas de la Humanidad, el arco y la flecha, han pasado a ser juguetes de los niños. El soñar es una parte de la vida anímica infantil superada.

Los deseos inconscientes tienden también a imponerse durante el día. La censura entre Inc. y Prec. es la instancia que vela por nuestra salud mental. Durante el reposo disminuye la censura, pero queda vigilante y cierra el acceso a la motilidad, por lo que los deseos inconscientes resultarán inofensivos.

Estos deseos inconscientes reprimidos se hallan siempre en actividad y dispuestos siempre a conseguir una expresión en cuanto se les ofrece ocasión para aliarse con un sentimiento procedente de lo consciente y transferirle su mayor intensidad. Estos deseos son indestructibles.

Todo sueño es una realización de deseos; pero tiene que haber también otras formas de realizaciones anormales de deseos distintas del sueño. Todos los síntomas neuróticos tienen que ser considerados como realizaciones de deseos de lo inconsciente. El síntoma no es simplemente la expresión de un deseo inconsciente realizado, incluye también la reacción contraria al deseo.

Según Freud, el deseo inconsciente, es sexual y es vértice de todo diagrama posible para lo psíquico. Para el análisis de los síntomas, habrá que dejar que el sujeto llegue a su significación.

El aparato psíquico es fruto de una larga evolución. Aspiró primeramente a mantenerse libre de estímulos en lo posible y adoptó con este fin, en su primera estructura, el esquema del aparato de reflexión que le permita derivar en el acto por caminos motores las excitaciones sensibles que hasta él llegaban. Pero las condiciones de la vida vinieron a perturbar esta sencilla función, dando el impulso que provocó su desarrollo. Los primeros estímulos fueron los de las grandes necesidades físicas. La excitación provocada por la necesidad interna buscará una derivación en la motilidad.

Ahí aparece lo que llamamos primera experiencia de satisfacción, el niño con auxilio ajeno suprime la excitación interior. La aparición de cierta percepción (el alimento en este caso), cuya imagen mnémica queda asociada a partir de este momento con la huella mnémica de la excitación emanada de la necesidad, constituye un componente esencial de esta experiencia. En cuanto la necesidad resurja, surgirá también la tendencia a repetir la primera experiencia de satisfacción. Tal impulso es lo que calificamos de deseos.

Esta primera actividad psíquica tiende a repetir aquella primera experiencia de satisfacción a través de las huellas que hay en su memoria. Qué ocurre, que la fantasía no modifica la realidad, la necesidad, el deseo, siguen insatisfechos.

El principio de realidad va a ser uno de los conceptos más importantes de la teoría psicoanalítica, en tanto es el sujeto psíquico el que padece la doble alteridad: con su Otro inconsciente y con el otro real social. Su realización de deseo debe discriminar la realidad objetiva de la realidad psíquica. Para nuestro psiquismo es suficiente con soñar, fantasear, pero para la vida real hay que llevar a cabo un trabajo en la realidad, inscribir socialmente nuestro deseo. Sin el trabajo psicoanalítico nada sabríamos de los deseos inconscientes. El deseo inconsciente es la interpretación psicoanalítica. Sin psicoanalista no habría deseo inconsciente. Sin interpretación no hay realidad psíquica. El inconsciente de cada uno se produce en análisis.

Las pulsiones humanas son de naturaleza elemental, iguales en todos los humanos y tendentes a la satisfacción de ciertas necesidades primordiales, es decir, necesidades estructurales a la condición humana de sujetos hablantes. No son en sí ni buenas ni malas. Estas pulsiones recorren un largo camino hasta hacerse eficientes, son inhibidas, transformadas en lo contrario, vueltas contra la propia persona, dándose formaciones reactivas.

La dimensión libidinal marca todo deseo humano, es el falo el factor de esta transmutación. Falo que no está nunca tan ahí como cuando está ausente, cuando su presencia está ahí donde no está. El deseo inconsciente es deseo de ningún objeto. Ser un sujeto deseante depende de otros deseantes, por eso el niño configura su aparato psíquico, sobrevive, por el deseo de sus padres, a través del deseo de sus padres y lo que será la interdicción del deseo incestuoso, lo que llamaremos Complejo de Edipo.

Hay un agente que sería el que produce el deseo, este agente es el Nombre del Padre, un significante que posibilita la producción, y hay un efecto que se produce que es el deseo, ambos están unidos en un solo movimiento que reúne dos registros diferentes. El «no», es simbólico por lo tanto este es el registro simbólico, pertenece al mundo del lenguaje, y el efecto, o sea, el deseo se lleva a cabo en otro nivel, ya que está en conjunción y en separación con lo fantasmático del oscuro objeto que lo causa.

Sin concepto de represión no podemos pensar la teoría psicoanalítica, sin la aceptación de la amenaza de castración no podemos pensar la teoría psicoanalítica.

Miguel Oscar Menassa habla de la necesidad, la demanda amorosa y el deseo. Una de las más grandes evoluciones de la libido humana es la demanda amorosa. La demanda amorosa tiene como característica dirigirse no como la necesidad a algo de la realidad objetiva que la sacie, sino que es más ambiciosa, se dirige a otro sujeto y le requiere que lo ame. Para que haya demanda amorosa, la libido narcisista se tiene que haber transformado en libido objetal. Luego de esta transformación le pido al otro que amo, le exijo que sea tan humano como yo, que transforme su libido narcisista en libido objetal y que a su vez me ame.

Entre lo animal que necesito y lo absolutamente humano que amo, está el deseo. El sujeto del deseo es el protagonista porque el deseo es la esencia del hombre, la esencia de la realidad humana.

La acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y a nombrar su deseo. Pero no se trata de reconocer algo que estaría allí, totalmente dado, listo para ser captado. Al nombrarlo, el sujeto crea, hace surgir, una nueva presencia en el mundo. Introduce la presencia como tal, y al mismo tiempo, cava la ausencia como tal.

La vida solo piensa en descansar lo más posible mientras espera la muerte. La vida solo sueña en morir.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Freud y Lacan – hablados – 2 Miguel Oscar Menassa. Editorial Grupo Cero
  • Revista Extensión universitaria
  • http://www.extensionuniversitaria.com/num40/pg1.htm
  • http://www.extensionuniversitaria.com/num126/p6.htm

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