La psicoanalista Helena Trujillo en las Jornadas Anuales sobre Salud Mental de Afenes, en Málaga.

La psicoanalista Helena Trujillo en las Jornadas Anuales sobre Salud Mental de Afenes, en Málaga.

Helena Trujillo y Miguel Acosta, presidente de Afenes.

La salud mental de la mujer en el siglo XXI

Málaga, 28 de Noviembre de 2019

Helena Trujillo Luque

Tener sólo un amor no sólo enferma el corazón, también el cerebro.

En primer lugar, hablar de la salud mental de la mujer, es discriminarla. Tenemos que hablar de la salud mental y ahí incluimos al hombre y a la mujer, porque a nivel psíquico no hay diferenciación sexual, todos somos masculinos y femeninos ya que son construcciones teóricas de contenido incierto, como señala Freud.

El pasaje a la salud exige la transformación del paciente, el paciente es cuerpo biológico y aparato psíquico, la enfermedad es una reacción del paciente frente al mundo. El trabajo es categoría central en psicoanálisis, tenemos que pensar que enfermar es un trabajo y mantener la enfermedad otro. Tanto la enfermedad, la psíquica como la orgánica o la psicosomática, no son algo azaroso, sino producto-efecto de un trabajo.

Hablar de salud mental, entonces, es hablar de aquellas desviaciones de la disposición llamada normal: neurosis (histeria, neurosis obsesiva), depresión, paranoia, celos, psicosis. Es  necesario incluir en los sistemas de salud y en la vida cotidiana de las personas lo psíquico.

La cultura se ve obligada a tomar de la sexualidad gran parte de la energía psíquica que necesita para su propio consumo. Al hacerlo adopta frente a la sexualidad una conducta idéntica a la de un pueblo o una clase social que haya logrado someter a otra a su explotación.

 La experiencia psicoanalítica ha demostrado que las personas que enferman son precisamente las que menos soportan las frustraciones de la vida sexual, entendiendo por sexual un concepto amplio, la particular manera de cada sujeto de relacionarse con las demás personas. Los síntomas son satisfacciones sustitutivas que, sin embargo, les deparan sufrimientos.

El pasaje a lo humano es una producción social en la que hemos de ir cediendo parte de nuestro narcisismo. Nos humanizamos en nuestra relación con los otros.

En nuestra total dependencia e inmadurez, para entrar en el mundo precisamos del necesario pasaje de la total unión a la madre a la constitución de nuestra propia imagen y la conformación de nuestro yo.

El ser humano no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad.

La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. La tendencia agresiva es una disposición instintiva innata y autónoma del ser humano; además constituye el mayor obstáculo con que tropieza la cultura.

Es una tensión que no se puede evitar, porque es algo irresoluble, sólo lo puede se solucionar entre otros si acepto a los otros.

Las pulsiones agresivas nunca aparecen aisladas sino en aleación con las eróticas, son las que dificultan la vida y amenazan la sobrevivencia; la restricción de la agresividad es el sacrificio primero y quizá más duro que la cultura nos exige.

Si la cultura impone tan pesados sacrificios, no sólo a la sexualidad, sino también a las tendencias agresivas, comprenderemos mejor por qué al hombre le resulta tan difícil alcanzar en ella su felicidad. En efecto, el hombre primitivo estaba menos agobiado en este sentido, pues no conocía restricción alguna de sus instintos. En cambio eran muy escasas sus perspectivas de poder gozar largo tiempo de tal felicidad. El hombre civilizado ha cambiado una parte de posible felicidad por una parte de seguridad.

Salón de actos del Instituto de Estudios Portuarios de Málaga. Noviembre 2019.

Hablar de salud mental es hablar del amor como proceso civilizador. En toda relación de amor pervive un sentimiento de rivalidad, que alienta las primeras aspiraciones vinculadas con la relación imaginaria.

Freud distinguió dos tipos de pulsiones, cuya energía concibió como la fuerza propulsora de la vida psíquica humana:

  • las pulsiones de vida, llamadas también eróticas o libidinales,
  • las destructivas o de muerte.

El concepto de pulsión se halla íntimamente entrelazado con la idea de que, junto a los estímulos externos de los que el sujeto puede huir o protegerse, existen excitaciones internas, de base somática, de las que aquél no puede librarse más que con algún tipo de comportamiento que haga cesar la necesidad que se encuentra en la base de tal excitación.

Estas pulsiones imponen al sujeto algún tipo de actividad –corporal o mental- para zafarse de la tensión displacentera que su insatisfacción provoca, y se encuentra en la base del funcionamiento psíquico, tanto el normal como el patológico.

Cuando las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte funcionan juntas tenemos el amor humano, cuando uno de sus componentes funciona solo, entonces aparece el síntoma, la pulsión de muerte.

El desarrollo del individuo está íntimamente aparejado a la evolución histórica y cultural del hombre, el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la «pérdida de felicidad» por aumento del sentimiento de culpabilidad. El sentimiento de culpabilidad es el problema más importante de la evolución cultural.

Si bien el desarrollo nos aparta del individualismo y los instintos más básicos para poder colaborar y asociarnos con otros humanos, este paso no se realiza sin costes para el individuo. La culpa es producto de un conflicto psíquico.

El ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura. El sujeto constantemente intenta transgredir las prohibiciones impuestas a su disfrute, para ir más allá del principio del placer. Cuando el sujeto transgrede los límites, cuando el dolor ocupa el lugar de la palabra, el sujeto deja de interesarse por el mundo exterior, incluso retira de sus objetos amorosos su interés libidinoso, cesando así de amar mientras sufre.

En el curso de la labor terapéutica investigamos a qué está ligada su energía psíquica, cuando no la tenemos puesta en los proyectos, en las personas, la tenemos puesta en fantasías, la tenemos apartada de la realidad. Uno acaba creyendo que no puede, pero si es posible para un hombre es posible para todos.

La enfermedad exime al paciente de enfrentarse a veces con verdades dolorosas para él, o con la realidad exterior, hostil. Todo el drama del sujeto se dirime en torno a la renuncia al deseo que lo enferma. Enfermamos porque hemos apartado nuestra energía psíquica de la realidad, se ha producido una regresión a un estado anterior, infantil.

Curar el síntoma no es el objetivo del Psicoanálisis, se sabe que si atacamos el síntoma el paciente produce otros, los síntomas son en sí satisfacciones sustitutivas, si los eliminamos y no atendemos al origen de la enfermedad, agravamos el sufrimiento del paciente.

 El paciente sufre, padece su dolor, su malestar, su incapacidad, pero a nivel psíquico hay una satisfacción en su economía psíquica. El síntoma es terapéuticamente útil, es el motor que trae al paciente a consulta, si lo eliminamos el paciente abandona el tratamiento, pero todavía no ha modificado aquello que le produjo la enfermedad.Es fundamental para el profesional poder pensar que el sujeto que, de alguna manera, produce esa enfermedad, algo obtiene con ella, pero que eso se puede modificar para que produzca un estado más beneficioso para su vida.

En el proceso de diagnóstico y tratamiento, el profesional de la salud sabe que el diagnóstico no es el paciente, su realidad es compleja y precisa de ser interpretada.

Lo que nos enferma la mente está en relación con nuestra sexualidad, con la represión de nuestra sexualidad, de nuestra manera de relacionarnos con los otros. Eso genera un shock. La conciencia no es el centro de la vida psíquica, lo es el inconsciente. Toda enfermedad psíquica es una huida a una realidad que resulta más satisfactoria para el sujeto. Es una manera de no aceptar la ley que regula las relaciones humanas y que es común para todos. La sexualidad adulta, es decir, la vida adulta, se construye a partir de las fantasías infantiles, las cuales persisten en el inconsciente durante el resto de la vida. 

El ser humano enferma cuando, a consecuencia de obstáculos exteriores o falta interna de adaptación, queda vedada para ellos la satisfacción de sus necesidades sexuales en la realidad, y vemos que entonces se refugian en la enfermedad, para hallar una satisfacción sustitutiva de la que les ha sido negada.

El desarrollo de nuestro psiquismo recorre el mismo camino que el hombre primitivo realizó desde la primacía de los instintos a la regulación de la cultura/ley/moral. Por ese motivo, ciertas tendencias o pulsiones van a ser reprimidas y apartadas, pero no desaparecen, siguen ejerciendo su acción y buscan ser satisfechas.

El enemigo no es la estructura social que debería proponer más y mejores medios para el desarrollo del individuo, en realidad es un fracaso en la gestión que le corresponde al Yo entre las tendencias a la satisfacción que le impone el Ello, nuestra parte pulsional, inconsciente, y el Superyo, la parte inconsciente heredera de la autoridad de los padres. El yo tiene la difícil labor de mediar entre las exigencias de uno y otro. La enfermedad es el fracaso de esta mediación generando la consiguiente insatisfacción.

La curación exige un trabajo, una transformación de un Yo vulnerable que tiene que reconquistar todas las tendencias que han sido reprimidas, apartadas, pero que de esta manera operan por su cuenta y sin control, es decir, apartadas de la realidad.

La sexualidad, si la reprimo, hace síntoma. Los síntomas de la histeria, tienen que ver con la sexualidad reprimida, muchos de los grandes ataques histéricos, imitan los movimientos de un coito. El neurótico obsesivo que se mete y se saca el calcetín, compulsivamente veinte veces, acto sustitutivo de la masturbación, o que limpia compulsivamente sus zapatos. El síntoma no es otra cosa que una satisfacción sustitutiva. Y además, desde la racionalidad es imposible entender la sexualidad humana. Es necesario introducir el concepto de lo inconsciente.

No podemos pensar la salud mental si no pensamos en la salud de los padres y educadores, de los profesionales de la salud, de los legisladores. La salud mental no depende sólo del individuo, ya que somos un sujeto social, somos producto-efecto de un sistema que ya espera cosas de nosotros y a veces programa grandes triunfos y otras grandes fracasos.

Psicoanálisis para todos, también para aquellos que siguen creyendo en la razón y negando la existencia del inconsciente. La Organización Mundial de la Salud avisa de que las enfermedades mentales serán una pandemia mundial, tenemos que empezar por nosotros mismos, por cambiar nuestra personalidad, dejar de guiarnos por los gustos y los sentimientos, y comenzar a aceptar que la riqueza de un ser humano no está en el dinero, sino en el entramado de sus relaciones humanas. En definitiva, modificar nuestra forma de vivir para incorporar las diferencias.

Tomando las palabras del poeta José Martí:

La felicidad sólo puede hallarse en el camino del trabajo.

LA SALUD ES UNA PRODUCCIÓN. HAGÁMOSLA POSIBLE.

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