OLVIDOS, LAPSUS… LAS ZANCADILLAS DE NUESTRO DÍA A DÍA.
OLVIDOS, LAPSUS… LAS ZANCADILLAS DE NUESTRO DÍA A DÍA.
Que la vida cotidiana es un escenario donde se representan nuestros deseos inconscientes no es ningún secreto, pero del dicho al hecho hay un trecho, porque aún reconocer que un olvido, un lapsus o un acto fallido sean manifestación de un deseo reprimido, no basta para conocer cuál es el deseo.
No basta tomar burdamente el sentido literal y decir “te pillé”. Sabemos de los complejos procesos que participan en la expresión de esas tendencias inconscientes apartadas de la conciencia por la censura, de su deformación para evitar el displacer, pero también sabemos que no podemos evitar, tarde o temprano, que la verdad se exprese en algún rubro y entre en escena.
Este mismo concepto de verdad también tiene que ser tenido en cuenta, porque si llamo a mi novio con el nombre de mi ex, ¿es que me intereso más por mi relación pasada que por esta? ¿cuál es la verdad? Oro parece, plata no es… La verdad es la interpretación y la interpretación es psicoanalítica, es decir, tiene método, tiene un sujeto deseante que asocia libremente sobre lo ocurrido en transferencia y tiene una escucha psicoanalítica que interpreta el deseo reprimido en juego, que no coincide con lo aparente, que es siempre una novedad.
“doctora, se me olvidó avisarla, no pude ir hoy a sesión porque me llamaron de un trabajo”. El paciente puede aferrarse a su olvido para pasar por alto el acuerdo establecido con el psicoanalista de hacerse cargo del horario de su sesión y realizar el pago del mismo, con ello pretende, como cualquier neurótico, excusarse del pacto simbólico establecido que es el que permite al psicoanalista cumplir su función. Ya sabemos que el paciente, permanentemente va a tener la tendencia a querer sacar al psicoanalista de su lugar.
VER EL VÍDEO DONDE HABLAMOS DE LOS OLVIDOS, LAPSUS Y ACTOS ERRÓNEOS
¡ÁNIMO, MUCHACHOS!, EVGUENI EVTUCHENKO, Rusia, 1933
Yo era cruel,
desenmascaraba con brío,
sin preocuparme de mis propios defectos.
Me parecía
que a la gente enseñaba
cómo hay que vivir
y que la gente aprendía.
Pero
empecé a perdonar…
¡Signo alarmante!
Y cierta vez, en una intervención mía,
una encantadora ayudante de laboratorio con gafas
me dijo que yo veía las cosas con liberalidad.
Vienen muchachos
altivos y autoritarios.
Apretando sus tiernos puñitos,
con el sofoco del placer supremo,
intrépidamente desenmascaran
mis debilidades.
¡Ánimo, muchachos!
¡Ánimo!
¡Sed firmes!
Sencillamente, soy mayor que vosotros en saber.
Al dejar de ser crueles con los demás,
dejamos de ser jóvenes.
Avergonzado,
me doy cuenta
de que soy más listo.
Vosotros sois menos razonables,
pero no es nada malo,
porque hasta en vuestra injusticia
sois justos a veces.
¡Ánimo, muchachos!
Pero sabed
que cuando seáis mayores
y juréis no volver a equivocaros,
os cansaréis de vuestra propia crueldad
y poco a poco seréis más bondadosos.
Otros muchachos
altivos y autoritarios
vendrán
apretando sus tiernos puñitos
con el sofoco del placer supremo
y arremeterán
contra vuestras debilidades.
Y
os profetizo
que sufriréis,
y llegaréis a enseñar los dientes de rabia,
pero, a pesar de todo, conseguiréis tener
el valor de decir,
por mucho que os cueste:
“¡Ánimo, muchachos!”

En 1901 Sigmund Freud publica «Psicopatología de la vida cotidiana» mostrando que: el olvido de nombres propios, los lapsus, los actos fallidos, los recuerdos encubridores, las equivocaciones orales y en la escritura, las torpezas y errores…son formaciones del inconsciente, como lo son los sueños, cada una con una singularidad. Los lapsus no pueden considerarse como producto de un estado patológico, para Lacan son actos logrados. El momento en el que el sujeto se interrumpe es el momento más significativo de su aproximación a la verdad.
Se producen cuando una persona dice una palabra por otra, escribe algo diferente de lo que tenía intención de escribir, lee algo distinto a lo que realmente aparece en el texto, oye algo distinto a lo que se dice, etc. También incluimos dentro de este tipo de fenómenos el olvido temporal, tanto de nombres, como de propósitos o cuando perdemos algo y no logramos encontrarlo.
La fatiga, la distracción y quizá la excitación producen una dispersión de la atención sobre lo que se esté realizando. Pero no todos los actos fallidos pueden explicarse por medio de esta teoría de la atención. También se producen en personas que se encuentran en estado normal y es sólo a posteriori que podemos interpretar que fue fruto de una sobreexcitación.
Los actos fallidos no son casualidades, sino actos psíquicos con sentido y que deben su génesis a la oposición de dos intenciones diferentes. Es necesario estudiar las circunstancias que rodean al acto fallido. Es necesario preguntar a la persona que comete el lapsus, y lo explica precisamente con la primera idea que acude a su cabeza. No hay que inventar nada, hay que conocer la teoría del inconsciente, así como escuchar al sujeto que ha cometido el lapsus, el sujeto sabe sin saber que sabe. Pero claro, hay que conseguir que se haga cargo de ese saber, de esa interpretación.
Hay que conocer la situación psíquica en la que se produce el acto fallido y en el carácter de la persona así como las impresiones que recibe antes de realizarlo, pues dicho acto pudiera constituir la reacción del sujeto a tales impresiones.
Cuando alguien olvida o retiene muy difícilmente un nombre que le es familiar supondremos que abriga algún resentimiento con dicho sujeto. El olvido de intenciones o propósitos puede atribuirse a la acción de una corriente que se opone a la realización de los mismos.
La persona que habla puede manifestar intenciones que ella misma ignora, pero que podemos descubrir guiándonos por determinados indicios. La tendencia rechazada se manifiesta a pesar del sujeto.
No se suele reconocer gustoso haber cometido una equivocación, a veces uno no se da cuenta de los propios lapsus, mientras que no se nos escapan los de los demás.
Actos de término erróneo o torpezas sirven para realizar deseos que debían ser rechazados. Por ejemplo, aquel que debiendo realizar una visita desagradable a los alrededores de la ciudad, se equivoca al cambiar de tren en una estación y sube en otro que le devuelve al punto de partida.
El gran valor que los actos fallidos presentan es que, siendo frecuentes y no teniendo como condición estado patológico alguno, todos podemos observarlos con facilidad en nosotros mismos.
