Sobre el sentimiento de inferioridad

Sobre el sentimiento de inferioridad

En realidad, el término «complejo de inferioridad» es apenas empleado en psicoanálisis. El sentimiento de inferioridad tiene raíces intensamente eróticas.

El niño se siente inferior cuando advierte que no es amado, y lo mismo el adulto. El único órgano que realmente es considerado inferior es el pene atrofiado de las niñas, o sea, el clítoris. Pero la mayor parte del sentimiento de inferioridad proviene de la relación del yo con el super-yo, y es, como el sentimiento de culpabilidad, la expresión de una pugna entre ambos.

El sentimiento de inferioridad y el sentimiento de culpabilidad son, en general, difícilmente separables. Quizá sería acertado ver en el primero el complemento erótico del sentimiento de inferioridad moral.

Podemos escuchar al paciente decir: “No soy digno de tal felicidad, no la merezco”. Ese destino por el cual se espera ser tan maltratado no es sino una materialización de nuestra conciencia, del severo superyo que llevamos dentro y en el cual se ha condensado la instancia punitiva de nuestra niñez.

Pensando en esto, escribe Freud:

Una personalidad histórica contemporánea, que en vida aún ha pasado hoy muy a segundo término, padece, a causa de un accidente sufrido al nacer, la atrofia incompleta de uno de sus miembros. Un conocidísimo literato actual, que se dedica preferentemente a escribir biografías, ha compuesto también la de tal personalidad. Ahora bien: cuando se escribe una biografía, debe de ser muy difícil reprimir la necesidad de ahondar en la psicología del biografiado. Y así, nuestro autor ha arriesgado la tentativa de fundamentar la evolución entera del carácter de nuestro héroe sobre el sentimiento de inferioridad que su defecto físico habría de despertar en él. Pero al hacerlo así no tuvo en cuenta un hecho poco aparente, pero muy importante. Es habitual que la madre a la que el Destino ha dado un hijo enfermo o desventajado en algún modo procure compensarle de tan injusta disminución con un exceso de cariño. Pero en el caso de que tratamos, la madre, por demás orgullosa, se comportó muy diferentemente, pues negó a su hijo todo amor a causa de su defecto físico. Cuando el niño llegó a ser un hombre poderoso, demostró inequívocamente con sus actos que no perdonaba el desamor materno.

La deformidad, la fealdad, la debilidad y la inferioridad social, cuestiones que tienen más relación con el yo imaginario, con la imagen que el yo tiene sobre sí, algo más en relación con los ideales del Yo Ideal y del Ideal del Yo, en tanto los ideales del Ideal del Yo, que son simbólicos determinan los ideales del Yo Ideal, que son imaginarios.

Dice Menassa en Las eternas relaciones de pareja, que el complejo de inferioridad es una generalidad, normalmente se lo encuentra en casi todas las enfermedades que nosotros llamamos mentales.
En la fobia el complejo de inferioridad se va armando alrededor de los objetos fobígenos. Está claro que si una persona tiene fobia a la calle, cada vez que sale a la calle, cada vez que se le aparece la oportunidad de un espacio abierto, si no tiene su acompañante fóbico, sentirá el complejo de inferioridad. Sentirá ser atacado, ser denigrado o, en última instancia, el complejo de inferioridad es no hacer el ridículo, el no hacer el ridículo diría que se encuentra presente en todos los complejos de inferioridad.
Pero el histérico también tiene complejo de inferioridad, porque cuando es insensible a los ruegos de su amante, además, que él ha incitado a esos ruegos, evidentemente esa frialdad lo acompleja sexualmente, termina siendo un acomplejado de inferioridad sexual.
Pero el neurótico obsesivo también, en ese manejo que hace dubitativo de toda decisión, termina siendo. Cada vez que tiene que tomar una decisión en su vida con su pareja, con sus hijos, con su compañero, con su profesión, entra en las características del complejo de inferioridad.

Es decir, que no es un complejo en sí mismo el complejo de inferioridad sino que es un síntoma que acompaña a todos los trastornos neuróticos y a todos los trastornos funcionales.
Hay veces que el sentimiento de culpabilidad toma otras formas: sentimiento de inferioridad, enfermedad o castigo, que estructuralmente son equivalentes.

El Yo es minuciosamente vigilado por el rígido super-yo, que le impone determinadas normas de conducta, sin atender a los mandatos que lo aprobleman por parte del ello y del mundo exterior, y le castiga en caso de infracción con los sentimientos de inferioridad y culpabilidad. De este modo, conducido por el ello, restringido por el super-yo y rechazado por la realidad, el yo lucha por llevar a cabo su misión económica, la de establecer una armonía entre las fuerzas y los influjos que actúan en él y sobre él. Dice Freud, a veces, no podemos menos de exclamar: «¡Qué difícil es la vida!» Cuando el yo tiene que reconocer su debilidad, se anega en angustia, angustia real ante el mundo exterior, angustia moral ante el super-yo y angustia neurótica ante la fuerza de las pasiones en el ello.

La labor del psicoanálisis es robustecer el yo, hacerlo más independiente del super-yo, ampliar su campo de percepción y desarrollar su organización, de manera que pueda apropiarse de nuevas partes del ello. Donde era ello, ha de ser yo.

El complejo de castración de la niña es iniciado por la visión del genital del otro sexo. La niña advierte en seguida la diferencia y —preciso es confesarlo— también su significación. Se siente en grave situación de inferioridad manifiesta con gran frecuencia, que también ella «quisiera tener una cosita así», y sucumbe a la «envidia del pene», que dejará huellas perdurables en su evolución y en la formación de su carácter, y que ni siquiera en los casos más favorables será dominada sin grave esfuerzo psíquico. El que la niña reconozca su carencia de pene no quiere decir que la acepte de buen grado. Por el contrario, mantiene mucho tiempo el deseo de «tener una cosita así», cree en la posibilidad de conseguirlo hasta una edad en la que ya resulta inverosímil tal creencia, y aun en tiempos en los que el conocimiento de la realidad la ha hecho ya abandonar semejante deseo por irrealizable, el análisis puede demostrar que el mismo perdura en lo inconsciente y ha conservado una considerable carga de energía.

Una vez que la mujer ha aceptado su herida narcisística se desarrolla un sentimiento de inferioridad y comienza a compartir el desprecio del hombre.
Otra consecuencia de la envidia fálica es que cuando la niña descubre el defecto de sus genitales, desarrolla celos contra otro niño, la madre lo quiere más que a ella, motivo para alejarse de la madre.
Aún otro efecto de esta envidia y el más importante de todos: la mujer tolera la masturbación peor que el hombre. La masturbación del clítoris es una actividad masculina y la eliminación de la sexualidad clitoridiana es un prerrequisito para el desarrollo de la feminidad.

Adscribimos, pues, a la feminidad un elevado montante de narcisismo, el cual influye aún sobre su elección de objeto, de manera que, para la mujer, es más imperiosa necesidad ser amada que amar. En la vanidad que a la mujer inspira su físico participa aún la acción de la envidia del pene, pues la mujer estima tanto más sus atractivos cuanto que los considera como una compensación posterior de su inferioridad sexual original Al pudor, en el que se ve una cualidad «par excellence» femenina, pero que es algo mucho más convencional de lo que se cree, le adscribimos la intención primaria de encubrir la defectuosidad de los genitales.

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