YO TAMBIÉN QUIERO VIVIR
By: admin
YO TAMBIÉN QUIERO VIVIR
Superar situaciones traumáticas, gestionar cambios, afrontar el futuro y la incertidumbre.
Hoy hablamos de posibles ejemplos de personas que acuden al psicoanalista en un momento determinado de sus vidas: una crisis personal, un cambio vital importante, alguna circunstancia que modifica significativamente su modus vivendi y precisan de una escucha profesional y diferente para enfocar los pasos futuros.
Ya hemos dicho que el psicoanálisis es una nueva mirada a los fenómenos de nuestra vida, una inclusión de los procesos psíquicos inconscientes, lo que nos procura una suma, una complejización, sí, pero también una liberación, porque conocer también permite ordenar, hacer frente, liberarnos del lastre y avanzar. Cuando reprimimos, cuando no queremos hacer frente a algo de nuestra vida, cuando aparece un conflicto de tendencias, una parte de nosotros quiere una cosa y otra parte quiere otra, entonces nos toca tomar una decisión, un camino. Muchas veces escapamos, huimos, hacemos como que no pasa nada… pero sí pasa. Nos hacemos cómplices de nuestro silencio y luego vienen las consecuencias.
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Angélica
Hace unos días me escribió Angélica, una mujer de una edad indeterminada que se puso en contacto conmigo ante una situación vital que le estaba aconteciendo. Acababa de perder a sus dos padres en un accidente de tráfico, una noticia inesperada, aunque ya eran dos personas mayores y Angélica ya hacía su propia vida hace mucho tiempo.
En sus palabras no se veían las lágrimas, pero la angustia y el dolor eran evidentes, la muerte cuando se presenta nunca es esperada y produce efectos que no podemos controlar. Toda muerte toca nuestro propio fin y Angélica era un frágil hilo que temblaba ante la incertidumbre de una situación nueva en la que la red familiar se transformaba en un universo disperso lleno de inseguridades.
“Yo quiero vivir”, escribía, “estoy rota por dentro, pero viva, ellos han muerto, pero ya hicieron su vida, por qué yo no puedo”.

Sin pareja, sin trabajo, desenfocados sus objetivos y en plena transición a la menopausia, Angélica atraviesa lo que podemos llamar una crisis vital desencadenada por un acontecimiento traumático o fortuito, pero podría haber sido otro, han sido un cúmulo de circunstancias o una suma que colmó ese vaso que necesitaba, por fin, desbordar.
Tarde o temprano todos tenemos que plantearnos la vida que estamos haciendo, dejar de hacer a otros responsables de nuestra insatisfacción, tomar las riendas o dibujar nuestra propia sonrisa y no dejar que nadie la desfigure. Hay que hacerse cargo de los deseos, porque no es la muerte de nadie, ni una problemática profesional, ni una separación de pareja las que hacen la infelicidad de nadie. Todos tenemos la capacidad de sustituir una situación por otra, un amor por otro, pero nosotros mismos SOMOS INSUSTITUIBLES.

Enrique
Cuando Enrique atravesó la puerta de la consulta venía deshecho, un hombre malvestido y descuidado, olía mal, había dejado su barba crecer sin ningún sentido estético y seguía mis indicaciones como quien sigue una orden porque no sabe a dónde ir. No era la primera vez que estaba en una consulta de psicoterapia, ya había huído anteriormente de psicólogos y psiquiatras a los que su madre le había llevado desde su juventud. Siempre fue Enrique un joven insatisfecho con la vida e incapaz de elegir un destino. Ahora no era una situación diferente, tampoco podía elegir, estaba en una nueva crisis personal agravada por el fallecimiento de su madre tras una enfermedad fulminante. Nunca había vivido de forma independiente y se enfrentaba ahora a una herencia millonaria y una casa sola, abandonada de amor.
Muchos dicen que el dinero da la felicidad, resuelve los problemas, pero es una frase hecha. Enrique había vivido siempre en una familia de dinero y eso no le había resuelto la existencia, seguía sin saber qué hacer con su vida, arrastrado ahora por una losa más, la muerte de su madre, su única familia, su único ancla a la vida.
No sé cómo llegó hasta mi consulta, sólo sé que un día me llegó un mensaje de whastapp de Enrique pidiendo horario para comenzar su psicoanálisis, no dio muchas explicaciones, tampoco se las pedí. Le reservé un horario y ahora estaba aquí, tumbado en el diván, en un nuevo intento por inventarse, pero esta vez la escucha sería diferente a las anteriores.
“Yo también quiero vivir”, dijo con un hálito inquebrantable. Su aspecto era lamentable, pero estaba aquí, yo no sabía nada de él, pero estaba haciendo la tarea que muchos otros todavía no han hecho aún. Él sabía que tarde o temprano llegaría el momento de encontrarse consigo mismo, con su nombre propio y no el de su padre, el exitoso empresario que murió demasiado joven dejando a su familia con una economía abultada, pero vacíos de afectos, sin palabras que fueran ayudándoles a vivir. Las amistades eran criticables, las novias eran obscenas, los trabajos eran innecesarios. Así Enrique fue llegando a las diferentes etapas de su vida sin saber qué hacer, sin modelo, con el éxito aplastado como una caja fuerte sobre su cabeza. El dinero nunca le había servido para comprar el amor que le hubiera hecho sentirse vivo.

Braulio
Braulio llegó cargado de homenajes, seguía mis vídeos desde hacía años, leía mis publicaciones y muchas veces había pensando llamarme, pero nunca se había atrevido. Es un hombre maduro, ya jubilado y con los hijos criados, como él decía. No tenía ninguna necesidad aparente, ya había cumplido con todos los cánones, pero eso no había agotado su ansia por seguir aprendiendo, seguir experimentando cosas nuevas, descubrir nuevas muecas en su ser. Había superado duras pruebas, como tenemos todos. Su mujer lo dejó compuesto y con tres hijos pequeños, se marchó de casa para irse a la India con un hippie y vivir la vida bohemia. Braulio se las tuvo que arreglar para criarlos y compaginar la vida familiar con el trabajo, y lo logró con bastante éxito. Ahora era felizmente abuelo y goza del privilegio de disfrutar de los nietos con frecuencia sin el peso de la cruel obligación.
“Yo también quiero vivir”, dijo en el diván cuando intentaba explicar por qué me consultaba a estas alturas de la vida. La sigo desde hace mucho tiempo, no quiero tener su vida, quiero que me ayude a saber más de la mía y vivir mis años futuros sintiéndome vivo. Ya he hecho las cosas fundamentales de mi vida, el amor, los hijos, el trabajo, no me fue mal, me las arreglé sin destrozos. Pero quiero sentirme vivo hasta el último aliento, no quiero derramarme ahora que ya todo parece hecho. No busco cosas espectaculares, sólo dar de mi lo que se pueda, ponerme en esto del psicoanálisis y ver qué puede sacar de mi, como he visto que usted ha hecho, sé que usted se entregó a la experiencia y la veo explorar diversas artes sin pretensiones, con la pasión de hacerlo. Eso quiero yo, vivir. Darme y no estar solo. Quiero que usted me acompañe.
Y como ellos han pedido, ahí estaré, ELLOS TAMBIÉN QUIEREN VIVIR, quieren poner voz a sus cosas, a sus propias vidas, dar parte de su deseo y poner trabajo a su bienestar. Ángeles, Enrique y Braulio son nombres ficticios de casos ficticios que podrían ser verdad. Presentan semejanzas con lo que día a día encontramos en la consulta, antes o después uno se enfrenta a su propia verdad y, a veces, se presenta de un modo intempestivo, doloroso o traumático. Mejor no esperar demasiado, mejor tumbarse en el diván y dejar que las palabras hagan su trabajo.