PADRES QUE NECESITAN A LOS HIJOS

PADRES QUE NECESITAN A LOS HIJOS

PADRES QUE NECESITAN A LOS HIJOS

1. ¿QUIÉN NECESITA A QUIÉN?

Cuando nace un hijo, pensamos inmediatamente en una criatura que necesita a sus padres. Necesita que lo alimenten, que lo cuiden, que lo protejan. Necesita de ellos para sobrevivir y, poco a poco, para aprender a vivir. Los padres son sus primeros vínculos, las primeras personas a las que ama y de las que depende. Pero hoy quiero plantear la pregunta al revés:

¿Qué ocurre cuando son los padres quienes necesitan demasiado a sus hijos?

Y hacer una primera diferenciación. Por supuesto, queremos a nuestros hijos, nos preocupamos por ellos y forman parte fundamental de nuestra vida. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de cuando un hijo empieza a ocupar un lugar que no le corresponde: cuando tiene que acompañar, consolar, sostener, reparar o hacer feliz a sus padres.

Aquí ya puedes poner ejemplos muy sencillos:

«Mi hijo es lo único que tengo.» «Sin ti no sé qué haría.» «Tú eres el único que me entiende.» «Después de todo lo que he hecho por ti…»

Y lanzar la primera pregunta:

¿Cuándo el amor por un hijo empieza a confundirse con la necesidad?

2. EL HIJO NO NACE PARA COMPLETAR A LOS PADRES

El niño necesita al adulto. Pero el adulto también puede colocar en el niño algo que le pertenece. Un hijo puede venir a convertirse en el objeto que tapa la falta de alguno de los padres: el compañero que falta; el confidente; el cuidador; quien escucha los problemas; quien consuela; quien da sentido a la vida; quien tiene que triunfar; quien tiene que ser feliz «por los padres».

Un hijo puede ser muy amado y, al mismo tiempo, estar ocupando un lugar que le resulta demasiado pesado.

Muchas veces esto no sucede porque los padres quieran hacer daño. Sucede porque los padres son personas antes que padres y tienen sus propias necesidades y procesos psíquicos y, en general, las personas descuidan bastante su salud psíquica o emocional. Cada padre llega a la relación con el hijo con el peso de su propia historia.

MADRE, NO ME DIGAS – BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

Madre, no me digas:
-Hijo, quédate…,
cena con nosotros
y duerme después…
Cuando eras pequeño
daba gusto ver
tu cara redonda,
tu rosada tez…
Yo a Dios le rogaba
una y otra vez:
que nunca se enferme
que viva años cien;
robusto, rosado,
gallardo doncel
le vean mis ojos
allá en la vejez.
Que no tenga ese aire
de los hombres que
se pasan la noche
de café en café…
Dios me ha castigado.
¡El sabrá por qué! –
Madre, no me digas:
-Hijo, quédate… –
La calle me llama
y a la calle iré…
Yo tengo una pena
de tan mal jaez
que ni tú ni nadie
puede comprender,
y en medio de la calle
¡me siento tan bien!
¿Que cuál es mi pena?
¡Ni yo sé cuál es!
Pero ella me obliga
a irme, a correr,
hasta de cansancio
rendido caer…
La calle me llama
y obedeceré…
Cuando pongo en ella
los ligeros pies,
me lleno de rimas
sin saber por qué…
La calle, la calle,
¡loco cascabel!
La noche, la noche,
¡qué dulce embriaguez!
El poeta, la calle y la noche,
se quieren los tres…
La calle me llama,
la noche también…
Hasta luego, madre,
¡voy a florecer!

3. FREUD: «SU MAJESTAD EL BEBÉ»

En «Introducción del narcisismo» (1914), Freud habla del lugar particular que los padres pueden otorgar al niño y utiliza la expresión «Su Majestad el Bebé». 

La idea que nos interesa para esta charla es que los padres pueden colocar sobre el hijo sus propios ideales, expectativas y deseos. Freud observa que los padres pueden atribuir al niño una perfección y unas posibilidades que ellos mismos tuvieron que abandonar. El niño puede convertirse en aquel que va a conseguir lo que nosotros no conseguimos. El que tendrá la vida que nosotros no tuvimos. El que será aquello que nosotros no pudimos ser. 

¿De quién es entonces ese deseo?

No es que diga que todos los padres hagan esto, no quieran meterme en follones, sino para abrir una cuestión: El hijo tiene su propia vida, pero puede quedar atrapado en deseos que proceden de generaciones anteriores.

¿Qué parte de nuestra propia historia estamos viviendo cuando nos relacionamos con nuestros hijos?

4. JUANITO: CUANDO LA LLEGADA DE UN HIJO CAMBIA LOS LUGARES

Freud estudia el caso de un niño, Juanito, un caso de fobia infantil. Con el nacimiento de su hermanita aparece una nueva distribución de los afectos: quién recibe atención, quién ocupa un lugar, qué significa para el niño perder la exclusividad del amor de los padres. La llegada de un hijo transforma la estructura familiar. No es solamente que «ahora somos uno más». Cambian los lugares, los afectos, las expectativas y también las pérdidas.

Pero si el nacimiento de un hijo modifica profundamente la vida de los padres, también podemos preguntarnos: ¿Qué ocurre cuando ese hijo viene a ocupar un lugar que el padre o la madre necesitaba demasiado? Hay personas que buscan en su hijo una segunda oportunidad, una reparación, una compañía, una confirmación de su valor.

5. CUANDO EL HIJO CRECE Y SE SEPARA

Mientras el hijo es pequeño, es difícil distinguir dónde termina la necesidad del niño y dónde empieza la necesidad del adulto. Pero el hijo o la hija crecen. Tiene amigos. Se enamora. Estudia. Trabaja. Se marcha. Forma su propia pareja. Construye su propia vida. Y entonces:

¿Qué ocurre cuando el hijo deja de necesitar al padre?

Aquí puedes hablar de cosas muy cotidianas:

«Ya no me cuenta nada.» «Desde que tiene pareja ha cambiado.» «Ya no viene a verme.» «Antes éramos inseparables.» «Con todo lo que he hecho por él…»

Y señalar:

A veces lo que llamamos preocupación por el hijo puede esconder una dificultad para aceptar que el hijo se está separando.

6. APRENDER A SOPORTAR LA AUSENCIA

Hay algo fundamental en el desarrollo de un sujeto: aprender que el otro puede ausentarse. Mamá puede salir y volver. Papá puede no estar y seguir queriéndome. Y, poco a poco, el niño puede soportar que el otro no esté permanentemente disponible.

Pero también los padres tienen que aprender algo: que sus hijos pueden ausentarse. Que pueden tener una vida que no les incluya permanentemente. Que pueden amarles y, al mismo tiempo, no necesitar estar con ellos.

A veces educar a un hijo también significa aprender a perderlo. Que sea del mundo.

No perderlo literalmente, claro, sino perder al niño dependiente para poder encontrarse con el adulto que será.

7. ¿QUÉ LE PEDIMOS REALMENTE A NUESTROS HIJOS?

¿Quiero que mi hijo sea feliz?

¿O necesito que sea feliz para sentir que mi vida ha tenido sentido?

¿Quiero que esté conmigo?

¿O necesito que no se vaya porque no sé qué hacer con mi soledad?

¿Quiero que triunfe?

¿O necesito que triunfe porque así puedo sentirme orgulloso de mí mismo?

Y entonces:

El psicoanálisis introduce una pregunta incómoda: ¿qué deseo del otro?

Porque quizá el problema no esté solamente en lo que hacemos por nuestros hijos.

También está en lo que esperamos de ellos.

8. CIERRE

Los hijos necesitan a los padres para crecer.

Pero los padres también pueden descubrir, en la relación con sus hijos, necesidades, deseos y conflictos que vienen de mucho más atrás.

Y quizá una de las tareas más difíciles de ser padre sea aceptar que un hijo no ha venido al mundo para completar nuestra historia. Ha venido al mundo para construir su propia historia. 

¿Podemos amar a nuestros hijos sin necesitar que sean aquello que nosotros necesitamos que sean?

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