EL CUERPO Y LA MIRADA

EL CUERPO Y LA MIRADA

Del cuerpo que tenemos al cuerpo que queremos ser

Aquí puedes ver el vídeo donde hablo de este tema

Desde el punto de vista estético, la medicina estética y la cosmética pueden corregir facciones y particularidades de las personas o lo que podríamos llamar “defectos”, pero para pensarlo como defectos tenemos que compararlo con lo perfecto, con un ideal de perfección y ahí podríamos hablar del ideal griego que, en realidad, es un ideal masculino.

IDEAL GRIEGO

Para los antiguos griegos, la belleza (kállos) era una combinación de proporción matemática, orden físico y bondad moral. No se trataba solo de un gusto superficial, sino de una manifestación de la armonía universal.

Simetría y proporción: La belleza no era subjetiva, sino que respondía a reglas exactas. El escultor Policleto estableció un canon en el que la altura del cuerpo debía equivaler a siete cabezas, medida que más tarde Lisipo amplió a ocho.

Kalokagathia (Lo bello y lo bueno): Existía una unión profunda entre la perfección física y la virtud moral. Para los griegos, un cuerpo armónico reflejaba una mente disciplinada, equilibrada y cívica.

El canon del rostro: Se aplicaban divisiones simétricas, como la división del rostro en tres tercios iguales y cinco quintos verticales, buscando el equilibrio visual.

En los hombres: Se valoraba el físico atlético, musculoso y entrenado, reflejo de la preparación para la defensa y el deporte.

En las mujeres: Se prefería la piel pálida (como símbolo de distinción al no trabajar al sol), caderas moderadamente anchas y una presencia más recatada.

Visto esto, la mayoría estaríamos para el arrastre…

El Dr. Miguel Oscar Menassa, médico y psicoanalista, plantea que “La fealdad y la belleza no son tanto características corporales, sino modelos ideológicos.” Si viviéramos en un lugar donde se alteraran los conceptos de fealdad y belleza, también se anularía la necesidad de la cirugía plástica en relación del embellecimiento, la cirugía plástica supone una intervención sobre el cuerpo. La pregunta entonces deja de ser: ¿Por qué una persona quiere cambiar su cuerpo? y pasa a ser: ¿Quién le ha dicho que ese cuerpo necesita ser cambiado? ¿Qué esperamos conseguir cuando nos operamos o realizamos intervenciones estéticas?

COMPRAR UNA NUEVA IMAGEN

Una nariz diferente, quizá. Pero ¿esperamos también: ser más deseados, sentirnos más seguros, dejar de sentir vergüenza, conseguir algo o dejar de sentirnos rechazados? ¿Puede una modificación del cuerpo resolver un conflicto que no pertenece al cuerpo?

El paciente puede decir: “No estoy de acuerdo con una parte de mi cuerpo.”

El psicoanalista responde: “Esa parte del cuerpo que consideras fea está siendo medida con un modelo de belleza que no es natural.” El cuerpo real frente al cuerpo ideal. Es frente a una idea que aparece esa relación con nuestra imagen y nuestro cuerpo. Además, una persona ya no compara su cuerpo solamente con el de otra persona, puede compararlo con una imagen que ni siquiera existe en la realidad.

La medicina estética no trabaja sobre un cuerpo “natural” que simplemente necesita una reparación. Trabaja sobre un cuerpo que ya ha sido valorado, comparado y juzgado. La persona puede estar viendo perfectamente su rostro y, sin embargo, no estar viendo lo mismo que vemos nosotros. Porque no existe una mirada absolutamente objetiva sobre nuestro propio cuerpo. Cuando hablamos del cuerpo solemos pensar en algo evidente. Parece que el cuerpo está ahí. 

El cuerpo se construye también en relación con la imagen, con el lenguaje y con el otro. El cuerpo comienza a forjarse cuando comienza a forjarse el yo. Y ese cuerpo nunca termina de estar constituido, porque el sujeto y el lenguaje están en movimiento. Se habla de cuerpo simbólico, imaginario y real.

¿Qué cuerpo es el que vemos cuando nos miramos al espejo?

Porque quizá no vemos simplemente nuestro cuerpo. Quizá vemos una imagen de nosotros mismos. Además, una imagen que cambia, o acaso hay días que se ven bellos/as, y otros días que se ven extraños, feos, gordos, delgados…

El niño pequeño todavía no tiene una experiencia unificada de su cuerpo. Se encuentra, podríamos decir, con un cuerpo fragmentado. Y entonces aparece una imagen en el espejo: un cuerpo entero. El niño se encuentra con una imagen que parece ser otro. Un otro completo. Y quiere llegar a ser ese otro completo.

El niño pasa de sentirse fragmentado e insuficiente a poder anticiparse a lo que va a llegar a ser. La identificación con esa imagen produce una transformación: aparece el yo.

NUESTRO YO ES UNA FORMACIÓN A PARTIR DE IDENTIFICACIONES

La imagen no solamente refleja al sujeto. La imagen constituye al sujeto. La imagen especular es una matriz de identificación. Por eso la imagen del cuerpo va a tener tanta importancia durante toda nuestra vida.

Si desde el comienzo el yo se constituye en relación con una imagen de cuerpo completo, aparece una tensión: el cuerpo que soy frente al cuerpo que quiero llegar a ser. Y esto no desaparece en la edad adulta.

Aquella identificación entre el cuerpo fragmentado y el cuerpo completo reaparece cada vez que el sujeto se encuentra en una situación de “querer llegar a ser”. ¿Cuántas veces, cuando decimos “quiero cambiar mi cuerpo”, estamos diciendo en realidad “quiero llegar a ser otro”?

El yo ideal está relacionado con esa imagen completa que queremos alcanzar. Es la imagen de cómo querríamos vernos. La imagen especular es también una forma de desconocimiento. El sujeto puede creer que él es esa imagen. Pero no somos nuestra imagen. Sin embargo, nos enamoramos de esa imagen.

La miramos. La comparamos. La corregimos. La fotografiamos. La enseñamos. La volvemos  a mirar. Y podemos pasar años intentando aproximarnos a ella.

Pero el problema no es solamente: “¿Cómo me veo yo?”

La pregunta es: “¿Cómo creo que me ve el otro?”

La mirada del otro entra en nuestra relación con el cuerpo. No solamente quiero ser bella.

Quiero ser vista como bella. No solamente quiero parecer joven. Quiero ser mirada como joven. No solamente quiero gustarme. Quiero gustar.

Y aquí aparece una diferencia enorme entre mirarse y ser mirada.

No siempre deseamos el cuerpo que miramos. Podemos estar deseando lo que creemos que esa imagen nos promete.

Vladimir Maïakovski, Rusia, 1893

SUELE SER ASÍ

Provistos de amor nacemos todos,
pero el trabajo,
el dinero
y todo lo demás
nos va secando el suelo del corazón.
El corazón se viste de un cuerpo,
el cuerpo de una camisa.
Pero no basta.
Alguno,
¡será imbécil!,
se pone puños falsos
y en el pecho se echaba almidón.
Ya se arrepentirán al envejecer.
La mujer se maquilla,
el hombre gira a lo Müller como aspas de molino.
Demasiado tarde.
La piel se repliega en arrugas.
El amor florece,
florece,

y se marchita.

EL CUERPO Y EL ENVEJECIMIENTO

El deseo no tiene edad. Pero el cuerpo sí tiene tiempo. El retoque puede convertirse en una lucha contra una evidencia imposible de eliminar: somos seres temporales. El cuerpo envejece. El deseo no necesariamente envejece de la misma manera. Y quizá el error sea intentar exigirle al cuerpo que permanezca idéntico para que nosotros podamos seguir sintiéndonos deseables.

La belleza está en la mirada del sujeto, no en el objeto. No existe simplemente “un cuerpo bello” esperando ser descubierto. Hay un sujeto que mira y que, desde su posición psíquica, encuentra algo bello.

El ideal del yo funciona como una mirada que compara nuestro yo ideal con ideales simbólicos. Hoy esa mirada no procede solamente de la madre, del padre o de las personas cercanas. También procede de lo que nos llega desde la propia sociedad, las modas, los estándares de belleza de nuestra época.

Una persona se mira. Encuentra una diferencia entre su cuerpo y su ideal. Entonces modifica el cuerpo. Pero después puede aparecer otra diferencia. Y después otra. Y otra.

Pero ojo, el cuerpo femenino puede funcionar como un equivalente fálico, de modo que la belleza, la estética y la preocupación por el cuerpo quedan especialmente cargadas de valor. Ser bella. Ser joven. Tener determinadas formas. No envejecer. No engordar. No tener arrugas. No tener determinadas marcas. Puede acabar siendo una obsesión. El cuerpo queda colocado en un lugar donde parece tener que representar algo, ¿el falo?

El cuerpo cambia. Envejece. Se modifica. La imagen que tenemos de nosotros mismos puede no cambiar al mismo ritmo. Y entonces puede aparecer una distancia entre:

Cada sujeto tiene su propia historia y su propia relación con el deseo. Por eso una persona puede hacerse un retoque simplemente porque quiere modificar algo de su cuerpo y estar perfectamente bien. Y otra puede someterse a una sucesión interminable de modificaciones sin encontrar nunca aquello que busca. La operación puede ser la misma. El sentido psíquico puede ser completamente diferente.

UN JUEGO DE ESPEJOS

El objeto que causa el deseo no tiene imagen. Pero el sujeto puede imaginarizarlo, buscarlo en una imagen y creer que está allí. Hay un espejo en el que me miro. Y hay otro espejo: el espejo de las palabras. En uno veo mi cara. En el otro puedo empezar a escuchar quién soy para mí mismo. Y quizá el psicoanálisis consiste, en parte, en pasar: de mirarse a poder hablar de aquello que se mira.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Cómo quiero verme?”

Sino: “¿Desde dónde me estoy mirando?”

Quizá por eso una persona puede cambiar su nariz y seguir sin gustarse. Puede quitarse una arruga y descubrir otra. Puede adelgazar y seguir sintiéndose gorda. Puede ponerse un cuerpo que se parece al cuerpo que soñaba y, sin embargo, seguir buscando.

Porque el problema no siempre está en el cuerpo que vemos. A veces está en la mirada con la que lo vemos. Y esa mirada se fue construyendo desde nuestras primeras identificaciones.

Quiénes somos o quiénes queremos ser también es una ilusión, ya que somos un cuerpo de palabras y nuestra relación con el cuerpo refleja la relación que tenemos con nosotros mismos y con los demás, aceptación o rechazo.

MIGUEL OSCAR MENASSA

SOY EL FINO PERFUME DE UNA TIERRA PERFECTAMENTE HELADA

Y para no caer en medio de la calle
esta noche
escribiré un poema de piedra.

Esta noche me ofrezco para ti
calcinado en dolor
entrecortado de silencios.

Busco entre las palabras tu cuerpo
y mis versos se llenan de tristeza.

Una silenciosa tristeza moribunda.

Ocre piedra maciza donde grabo
con insospechada precisión
la historia de tus cuerpos:

Endeble mariposa multicolor
y quieta
sin alas
sin ambiciones de volar.

Canto rodado de una playa muerta
playa olvidada del frenesí del mar.
Inquietante deseo
el de tu cuerpo amordazado.

Inquietante amor
el de tu sexo enterrado
bajo la quieta arena de la muerte
donde el viento no volverá a pasar.

También he conocido
tu cuerpo sin par
abierto.
Grandes ocasiones
donde todo se destruye
o todo se olvida.

Tu cuerpo
pétalo frágil en mis labios.
Tu cuerpo
lleno de multitudes y borrascas.
Humana carne
de enloquecerse y de vivir
tu cuerpo
carne bestial de luz
pájaro alborozado de su vuelo.

Tu cuerpo en los abrazos.

Besos donde tu boca
arquitectura de la magia
arranca del silencio
trozos
breves jiroñes
aullidos de libertad.

Al fin y al cabo debemos reconocernos como sujetos alienados al consumo, a las ideas, a modelos que son inconscientes para nosotros mismos y que, en general, son contrarios a lo que en realidad nos conviene. Así no nos damos cuenta de que para sentirnos bien con nosotros mismos no es necesario gastar tanto dinero o esfuerzo o sufrimiento en negar lo que somos o lo que hemos llegado a ser.  Nuestra forma de hacer nos ha llevado a ser lo que somos, si la modificamos, modificando nuestra posición en el lenguaje, el cuerpo también se transforma. Y esto que digo es verdad, personas encorbadas, que caminaban como si nadie les hubiera enseñado a caminar, con la mirada gacha, o poco cuidadosos con su aspecto o que no cuidaban su piel, su cabello, porque no sabían que tenían que ocuparse de hacerlo. El cuerpo que tenemos es prestado, no es nuestro, lo tenemos de “renting” mientras estamos vivos, hay que cuidarlo, es nuestra manera de presentarnos ante los demás. No importa tanto si tienes la nariz estrecha, gorda, grande o pequeña, si no cómo tú te presentas con ella frente a los demás.

El cuerpo que tenemos y la imagen que construimos de nuestro cuerpo no son exactamente la misma cosa.

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