EL ESTANCAMIENTO

EL ESTANCAMIENTO

EL ESTANCAMIENTO

CÉSARE PAVESE

De una nueva literatura, publicado en “Rinascita”, mayo-junio de 1946. (El original lleva esta fecha: 26 de enero de 1946).
http://www.las2001noches.com/n134/Las2001Noches-n134.pdf

Característico de tiempos como el nuestro es el derroche de energías. Se es siempre demasiado joven, lo que quiere decir, demasiado tontamente complicado e incómodo frente a la inverosímil posibilidad de realizar las cosas hasta ayer prohibidas. Es propio de los jóvenes acercarse a la vida, por ejemplo a una mujer, con un complejo bagaje de ideas preconcebidas y abstractas, de exigencias, de celosas susceptibilidades, que deterioran y destrozan los nervios. A demasiada gente, hoy -jóvenes y viejos- le falta el arte de dejar hablar a las cosas, de aceptar el propio destino, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Todos nos debatimos inútilmente; así como nadie, hoy, sabe elegir una ciudad, una casa, donde detenerse y trabajar.

…

No es posible mentir por largo tiempo en este terreno. Sobre todo, no es posible mentirse a sí mismo. Nos movemos entre realidades sangrientas, y a quien tiene buena voluntad la conciencia sabe por lo menos sugerirle que acepte ciertas órdenes. Colaborar con los otros, con el prójimo, puede ser fatigoso, desesperado, nunca imposible. La presencia, la parte de los otros, nos enseña el camino.

…

El esfuerzo de auscultación que ejercemos sobre nosotros mismos tiende a despedazar muchos puentes con el exterior y a hacernos perder el gusto del intercambio, de la convivencia, de la cordial humanidad. Tiende a contraponernos a las cosas, a hacernos descuidar, ignorar. Se había salido para comprender, para poseer más a fondo la realidad, y el resultado es que uno se encierra en un mundo ficticio que se opone a la realidad. Entonces, naturalmente, se sufre.

…

Para nadie es una broma la empresa de vivir, y vivir significa ser jóvenes y luego hombres, y también debatirse, darse deberes, proponerse una conducta.

…

El arte de aceptarse, de estar de acuerdo consigo mismo, tiene de bueno que ilumina hasta la mínima chispa de valor que se tiene en el cuerpo.

Sólo lo que no se busca se obtiene.

Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, sabiéndolo un oficio, humillándose en ello, produciendo valores. El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuanto menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan.

HELENA TRUJILLO

Queremos unos prismáticos para ver cómo, cuándo y dónde se producirá el milagro en nuestro ser, cuando nuestra palabra se transformará en piedra y todos tendrán que rendirse ante el ensimismamiento. Lo hemos conseguido, la razón era nuestro tatuaje y nos justificábamos ante todos como si tuviéramos una guarnición de soldados. No es posible comprobar lo que decimos, debemos cerciorarnos si hemos ganado y estamos libres de condena. Que lo certifique y no volvemos más a ganar otras batallas.

Hay un silencio, no secunda, no arremete, tiene entre las manos una caja vacía sin etiquetas, nada que contener, se abre y se cierra y no podemos atrapar, percibir, promocionar nada. Qué somos entonces, a dónde hemos venido, quién nos ayuda en esta encrucijada sin salida.

Estamos subidos en una roca demasiado alta para avanzar, necesitamos algún estímulo, determinadas condiciones de vida para creerlo posible. Somos convictos de la voz que hay en nuestra cueva. No podemos volver a ser, hemos escapado sin saber a dónde aterrizamos y a dónde hay que seguir. Queremos resultados diferentes, comprensibles, con bocinas. Ese reconocimiento enmarcado. Que no nos quiten el mérito de haber llegado hasta aquí.

Que es poco, quién lo dice. Mi voz dice que me quede, pero la roca se estrecha, aquellos me miran, mis compañeros corren sin mí, no quiero quedarme sobre una única pierna y necesitar que me tomen como un recién nacido.

CONFERENCIA DE MIGUEL OSCAR MENASSA:

PSICOANÁLISIS Y VIDA COTIDIANA, MADRID, 1983

Cuando nos enfrentamos a la vida cotidiana, nos enfrentamos a la magnificencia de la ideología, a la omnipotencia de la realidad.

Cómo se debe pensar, cómo se debe amar; cuando precisamente nosotros sabemos que la realidad, el campo de la ideología, es la metáfora de todo lo posible. El inconsciente es lo que desconocemos, lo que no sentimos, es decir, nuestra mutilación. Las palabras pierden sus articulaciones previstas para combinarse con los sistemas imaginarios de las personas, de los hombres. Es bastante más fácil abandonar a los padres que abandonar los modelos ideológicos del Estado

Cómo se ve que uno ha comprendido, que ha sido interpretado, que está dispuesto a dar un paso más: cuando lo da.

La comprensión,
                      actos,
                             donde los hechos,
fueron transformados por las palabras,
                                                   ordenados,
en una relación social
                             y son ahora,
herramienta,
                 para leer,
                              en las ideologías,
                                                       instrumentos
para la construcción,
de nuevos modelos ideológicos,
                                         es decir, en general,
nuevas maneras de vivir.

Tiene que haber una fractura, un corrimiento en su manera de pensar inconsciente que permita esos cambios que su vida precisa, eso que ha venido a producir al análisis y que, sin embargo, tanto se resiste, todo su ser se resiste, toda su neurosis que es como su propio ser.

El enemigo no está fuera, el enemigo es uno mismo. Nos resistimos a ser otros, a ser grupales, sociales. Todo está jugado en los pactos

dolor,
                  habrá siempre,
                                       pero sólo
sólo podrá iniciar su metamorfosis,
sólo se podrá iniciar el camino de la desaparición del dolor cuando,
una pequeña llama de placer,
                                      surque el espacio
de ese dolor
es decir,
cuando el dolor tenga con qué compararse,
si no la existencia será,
                                 en ese camino de dolor,
más allá de nosotros.

Somos capaces de enfermarnos para que nada cambie, para que nada nuevo surja, para no abandonar las ideas que, por otra parte, no coinciden con lo que decimos querer.

El estancamiento aparece como pregunta cuando se repite una situación que genera insatisfacción y, sin embargo, no se consigue producir una diferencia. A veces creemos que queremos un resultado, pero nuestra manera de actuar nos lleva una y otra vez al mismo lugar. No basta con preguntarnos qué queremos conseguir; también tenemos que escuchar qué estamos repitiendo, por qué nos cuesta jugarnos en decisiones, qué se resiste en nosotros a la hora de tener una nueva economía, otras relaciones sociales…

Hay personas que pasan años esperando el momento adecuado: cuando tengan más dinero, cuando se sientan más seguras, cuando desaparezcan las dificultades, cuando llegue la oportunidad perfecta. Por supuesto, a veces hay que esperar. No todo depende de la voluntad individual y no todas las condiciones se pueden modificar inmediatamente. Pero también existe una espera que se convierte en forma de vida: se aplaza el comienzo, se aplaza una decisión, se aplaza una conversación, se aplaza el proyecto. Mientras tanto, la persona mantiene viva la expectativa de que algún día todo será diferente.

Imaginar una satisfacción no equivale a producirla en la realidad. Sin imaginación no hay otra realidad posible, pero sin acción tampoco. El neurótico se mantiene en las fantasías  y se aparta de la realidad, la persona normal imagina algo como posible y realiza las acciones pertinentes para transformar la realidad, los resultados nunca van a ser lo imaginado, pero tanto él como su realidad serán otras y así, sucesivamente.

CRIPTOMEMORIAS, JOSÉ ÁNGEL VALENTE España, 1929

Debiéramos tal vez
reescribir despacio nuestras vidas,
hacer en ellas cambios de latitud y fechas,
borrar de nuestros rostros en el álbum materno
toda noticia de nosotros mismos.

Debiéramos dejar falsos testigos,
perfiles maquillados,
huellas rotas,
irredentas partidas bautismales.

O por toda memoria,
una ventana abierta,
un bastidor vacío, un fondo
irremediablemente blanco para el juego infinito
del proyector de sombras.
                           Nada.
De ser posible, nada.

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