¿QUÉ SE GRITA CUANDO GRITO?
¿QUÉ SE GRITA CUANDO GRITO?
¿QUÉ SE GRITA CUANDO GRITO?
1 INTRODUCCIÓN
Gritar. Hablar fuerte. Discutir.
Esas conversaciones que empiezan tranquilamente y, de repente, uno de los dos levanta la voz.
—¡No me grites!
Y el otro:
—¡No te estoy gritando!
Y ya estamos dentro de la discusión.
¿Qué se grita cuando se grita?
“Yo grito porque el otro no me escucha.”
“Si no grito, no me hace caso.”
“Me pone nerviosa que no me entienda.”
“Yo no quería gritar, pero me provocó.”
Nosotros solemos pensar que primero sucede algo y después reaccionamos.
El otro hace algo.
Yo me enfado.
Y entonces grito.
Pero el psicoanálisis nos enseña a desconfiar un poco de esa explicación tan sencilla.
No todo grito es igual. No es lo mismo el grito de dolor, el grito de un niño que llama, el grito de una persona aterrorizada, el grito de protesta, que el grito en una discusión amorosa.
También podemos abrir nuestra manera de pensar, como hace el poeta Menassa: «Todos están gritando menos yo. Soy un poco raro, no cabe ninguna duda.»
A veces, necesitamos cierta distancia de nuestras cosas, de las personas que nos rodean, para poder verlas, para poder darnos cuenta de que están ahí.
No todo en el aparato psíquico está organizado sencillamente para buscar el placer y evitar el displacer. Hay algo que insiste. Algo que se repite. Incluso aquello que nos hace sufrir puede repetirse.
¿Por qué hay personas que siempre terminan discutiendo de la misma manera?
Cambian las parejas. Cambian los amigos. Cambia el trabajo. Cambia la situación. Pero vuelve a aparecer la misma escena. La misma acusación. El mismo enfado.
¿Realmente esa persona está reaccionando solamente a lo que está ocurriendo ahora?
¿Qué satisfacción hay en el grito?
Porque si el grito fuera solamente una descarga desagradable, ¿por qué vuelve?
¿Por qué algunas personas después de una discusión dicen: “Sé que no debería haberlo hecho, pero no pude evitarlo”?
Y después, quizá: “Me quedé mucho más tranquila.”
Hay una tensión que aumenta. Una excitación. Y el sujeto encuentra una vía para descargarla.
Pero la descarga no necesariamente resuelve aquello que produjo la tensión.
Por eso puede aparecer otra discusión. Y otra. Y otra.
2. ¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO TOLERAR LA PALABRA DEL OTRO?
Nunca gritamos en el vacío. Gritamos a alguien. O delante de alguien.
Incluso cuando parece que hablamos solos, muchas veces estamos hablando para alguien.
Y aquí aparece una pregunta fundamental: ¿A quién se le grita?
Porque cuando alguien dice:
“¡Tú nunca me escuchas!”
Quizá esté hablando de la persona que tiene delante.
Pero quizá también esté hablando de muchas otras personas.
¿En qué escena está esa persona que grita? Sólo lo sabremos después de la interpretación psicoanalítica, si hacemos ese trabajo.
Si queremos que todo sea armonía, no toleramos ningún tipo de palabra disarmónica… Queremos vivir en un mundo que no existe. Porque muchas veces no gritamos porque el otro esté hablando demasiado fuerte, sino porque lo que está diciendo resulta insoportable, no soportamos que piense diferente. El psicoanálisis insiste en decirnos que casi todas las relaciones afectivas íntimas de alguna duración entre dos personas dejan un depósito de sentimientos hostiles. No hay relación amorosa sin conflicto. El problema no es que aparezca la hostilidad. El problema aparece cuando creemos que amar significa no poder sentir ninguna hostilidad hacia aquel que amamos.
No hay amor sin odio, ni odio sin amor.
Pero es importante entender que la agresividad no es lo mismo que la agresión.
Agresividad ≠ agresión.
A veces queremos muchísimo a una persona y, precisamente por eso, podemos experimentar hacia ella una enorme agresividad. Amor y odio pueden coexistir, de hecho, coexisten. No son necesariamente sentimientos que se excluyen.
Podemos amar y odiar a la misma persona.
Podemos necesitar enormemente a alguien y, al mismo tiempo, querer alejarnos de él.
Podemos decir:
“Te quiero.”
Y cinco minutos después:
“¡No te soporto!”
Eso no convierte automáticamente a la persona en una persona enferma.
Nos habla de la complejidad del vínculo humano.

3. ANTES DE LA PALABRA ESTÁ EL GRITO
Un bebé no puede decir «tengo hambre», «tengo frío», «ven», «te necesito». Grita. Pero ese grito, cuando es escuchado por otro, deja de ser solamente un sonido. Se convierte en un llamado.
El grito puede ser descarga, pero también puede convertirse en demanda.
Hablar es demandar.
Porque muchas veces el destinatario del grito no es solamente la persona que tenemos delante. Porque está lo que el otro dice o expresa, pero también está lo que nosotros escuchamos o entendemos y lo que hacemos con eso.
Las palabras no tienen sentido, tienen sentido según dónde lo digo, según a quién se lo digo.
4. EL GRITO Y EL DOLOR
Cuando algo duele de verdad, muchas veces primero gritamos y después buscamos las palabras. «Duele no poder hablar.»
No se trata simplemente de que «no encuentro la palabra correcta». Hay momentos en que la posibilidad misma de simbolizar queda detenida.
voz ≠ palabra.
5. VOZ Y PALABRA
La voz pertenece al lenguaje; la palabra pertenece a la función de la palabra.
La voz puede ser:
grito, gemido, llanto, canto, sonido.
Mientras que la palabra introduce otra dimensión: puede hablarse de lo que sucede.
El grito es lo más semejante al dolor.
¿Qué sucede cuando podemos transformar el grito en palabra?
Aquí está de nuevo el psicoanálisis, no para conseguir que nadie vuelva a gritar nunca, sino para poder hablar de aquello que hacía necesario el grito.
6. CUANDO EL GRITO SE DIRIGE AL OTRO
Menassa trae ejemplos excelentes:
«Es una bestia, sólo me escucha cuando le grito o cuando desaparezco.»
«No hace otra cosa que hablar mal de lo que hacemos y, después, cuando le pregunto por qué está llorando, ella llora más y dice que no la amo.»
¿Qué está diciendo realmente alguien cuando dice «no me escuchas»?
Quizá no esté hablando del volumen de la voz. Quizá esté diciendo: «No encuentro una forma de hacerte llegar lo que necesito.»
7. CUANDO LA PALABRA NO ALCANZA
El psicoanálisis no pretende eliminar las manifestaciones que molestan, el psicoanalista nos dice, nos pide que nos dejemos llevar, que asociemos libremente, que tengamos la valentía de encontrarnos con esas palabras que nos dan miedo, que solemos esconder de nosotros mismos y de los demás. El psicoanálisis escucha otra cosa de esas expresiones, escucha qué estamos intentando decir con aquello que aparece como síntoma, como repetición, como afecto, como grito, porque el sentido es otro del aparente.
«Las manifestaciones aparentemente nimias tienen más valor que las grandes manifestaciones.»
A veces no está en la gran confesión. Está en:
una palabra que se repite, un cambio de tono, un silencio, una interrupción, un «da igual»,
un «no pasa nada», un grito.
8. EL GRITO TAMBIÉN PUEDE SER …
No todos los gritos son expresión de violencia.
Hay gritos que son:
protesta,reivindicación, deseo, llamada, celebración…
Quizá el grito diga:
“¡Mírame!”
“¡Escúchame!”
“¡Reconóceme!”
“¡No me abandones!”
“¡No me dejes!”
“¡Hazme caso!”
Y entonces el grito puede ser una demanda llevada hasta el límite.
AMORES PERDIDOS – Miguel Oscar Menassa -1995
III
Una voz, terca, por la radio lo dijo claramente.
Hoy si quieres ver lo nunca visto, sal a la calle.
Si quieres oír lo que, todavía, no fue, sal a la calle.
Sin rencores, sin armas, a defender lo que no existe.
Si quieres ver un pueblo que ya ni los filósofos esperan,
si quieres ver la humanidad en cataratas desplegada, ver,
como blanca paloma y negro buitre se unen en un grito,
contra fuego pasado que amenaza con destruir el bosque.
Si quieres ver, oír, temblar la voz de un pueblo,
sal a la calle mar, únete a esos ruidos imposibles.
Amor, justicia, pan para todos, hermosa libertad.
Sal a la calle y no dejes de gritar con los gritos.
Sal a la calle, extiende tus manos en la multitud.
Hoy habrá sido un pueblo viviendo una canción.
El grito puede ser también una forma de hacer existir una palabra que todavía no tiene lugar.

9. ¿QUÉ HACEMOS CON LA AGRESIVIDAD?
Antes dijimos que la agresividad no es agresión. Agresividad es cuando no tolero a los semejantes. No soporto que haya otro igual que yo en el mundo.
La presencia del otro me enfrenta permanentemente con mi propia imagen, con mis límites, con aquello que no controlo. Por eso la convivencia no consiste en eliminar toda agresividad. Consiste en poder hacer algo con ella sin convertirla necesariamente en agresión.
«Dejé de lado mis tendencias agresivas y me cosí a tu piel.» No se trata de pegarse al otro para no sentir la diferencia.
«Ni huir. Ni arremeter contra nada. / Aprender a conversar tranquilamente / eso enseña el amor.»
No toda agresividad sale hacia afuera. A veces no gritamos. Nos callamos. Pero después nos castigamos. Nos insultamos mentalmente. Nos culpabilizamos. Nos despreciamos. Nos exigimos.
Y entonces podríamos preguntarnos:
¿Qué es más destructivo: el grito que sale hacia afuera o el grito que queda dentro?
Porque también existe una violencia silenciosa. Una persona puede no discutir nunca y estar continuamente diciéndose:
“Soy idiota.”
“Todo lo hago mal.”
“No sirvo.”
“Nunca conseguiré nada.”
Ahí también hay agresividad.
10. VOLVER A LA PREGUNTA INICIAL
¿Qué se grita cuando se grita?
Porque podemos controlar la ira y seguir teniendo el mismo conflicto. Podemos aprender a hablar bajito y seguir odiando. Podemos hablar con una voz dulcísima y estar diciendo cosas terribles. El psicoanálisis no trabaja solamente sobre la conducta visible. Trabaja sobre el deseo. Sobre el conflicto. Sobre la repetición.
A veces se grita para poder ser escuchado, a veces se grita para quedarse a solas.
Poner palabras permite transformar la relación que tenemos con aquello que nos sucede. Pero el trabajo del psicoanálisis comienza cuando decidimos no estar a solas, tener un lugar donde hablar, un otro y un Otro, trabajar lo social que hay en nosotros.