LA RELIGIÓN O LA PROMESA DE UN MÁS ALLÁ.
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LA RELIGIÓN O LA PROMESA DE UN MÁS ALLÁ.
LA RELIGIÓN O LA PROMESA DE UN MÁS ALLÁ.
AMADO NERVO México, 1870
PUES BUSCO
Pues busco, debo encontrar.
Pues llamo, débenme abrir.
Pues pido, me deben dar.
Pues amo, débeme amar
Aquél que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá;
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar.
Invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes
y consuélate en tu mal
pensando como Pascal:
«¿Le buscas? ¡Es que le tienes!».
La religión o el pensamiento religioso ha de enmarcarse dentro de la evolución del pensamiento humano, antes de la aparición en la historia del hombre de las religiones, se produjo el Animismo, una primera elaboración que permitió al hombre primitivo organizar su comportamiento con los fenómenos de la naturaleza y su relación con otros hombres. Podemos hablar de pensamiento animista, como el más primitivo, luego el pensamiento religioso, luego vendrá el pensamiento científico, y luego llegó el pensamiento psicoanalítico.
Este pensamiento animista se enmarca en la fase de organización social llamada Totemismo. La muerte del padre que produjo en la horda primitiva, es el punto de partida del totemismo y en consecuencia, de la génesis de la religión en general. El animal totémico es el símbolo del primer padre. Lo que está en la base del totemismo es el Complejo de Edipo y es sobre este complejo que se basa la religión; sobre el complejo paterno y su ambivalencia.
En “Tótem y Tabú” (1912) Freud relaciona el mecanismo de la fobia a los animales en los niños con la creencia totémica. El fundamento de la fobia es el miedo al propio padre desplazado al animal, un símbolo paterno, desplazamiento que es el resultado de esta ambivalencia afectiva. El niño ama al padre pero a la vez lo teme y reprime este temor al inconsciente, que vuelve a aparecer bajo la forma de un sustituto del padre, el animal. A esto denomina “el retorno infantil del totemismo”.
El hombre construye el sistema religioso porque las condiciones psíquicas de la época primitiva no permiten soportar la tensión de la ambivalencia inherente al complejo paterno. El totemismo, como todas las religiones posteriores, también abriga la ambivalencia primitiva, pues, al mismo tiempo que recuerda el triunfo sobre el padre, establece el contrato de proteger el tótem y recibir de él protección. La antigua hostilidad cede lugar a lo largo del tiempo a los sentimientos cariñosos que construyen un ideal de padre que es elevado a la categoría de Dios.

¿Qué buscamos en la religión?
Lo que el hombre común concibe como su religión, al sistema de doctrinas y promisiones que, por un lado, le explican con envidiable integridad los enigmas de este mundo, y por otro, le aseguran que una solícita Providencia guardará su vida y recompensará en una existencia ultraterrena las eventuales privaciones que sufra en ésta. El hombre común no puede representarse esta Providencia sino bajo la forma de un padre grandiosamente exaltado, pues sólo un padre semejante sería capaz de comprender las necesidades de la criatura humana, conmoverse ante sus ruegos, ser aplacado por las manifestaciones de su arrepentimiento. Todo esto es a tal punto infantil, tan incongruente con la realidad, que el más mínimo sentido humanitario nos tornará dolorosa la idea de que la gran mayoría de los mortales jamás podría elevarse por semejante concepción de la vida.
La ilusión, que caracteriza el sentimiento religioso y que participa en la construcción de su mitología, está motivada por la necesidad del cumplimento del deseo de encontrar las respuestas a los grandes enigmas de la vida. Y ustedes dirán, para eso está la ciencia… bueno, pero cuando se origina el pensamiento religioso y la idea de dios, aún no existe el pensamiento científico. Los seres humanos en la religión buscan un padre protector, algo ideal porque en un principio el padre de la horda primitiva no era nada protector para con sus hijos, sino que era déspota y les impedía la satisfacción de sus necesidades sexuales, lo que desencadenó la revuelta de los hijos y el asesinato.
Dios es una sublimación del padre, dice Freud. En este proceso de restauración del lugar del padre, la transformación en Dios, participa el sentimiento de culpa por el parricidio, el pecado original. La alianza fraterna, resultado de la obediencia retrospectiva que resulta del totemismo, garantizaba el lugar de ideal del padre a la vez que restaura su autoridad simbólica en la institucionalización de la ley. Los preceptos y prohibiciones del totemismo son los primeros orígenes de un orden ético y social.
Los acontecimientos traumáticos vividos por el hombre primitivo permanecen como herencia arcaica en las fantasías inconscientes del hombre actual.
Para Freud, la repetición de un proceso anterior es lo paradigmático en la formación de una religión, que debe su fuerza compulsiva al retorno de lo reprimido. Retornan recuerdos de procesos muy antiguos, desaparecidos y cargados de afecto en la historia de la humanidad, el parricidio. Los sentimientos infantiles poseen una intensidad y una profundidad inmensamente mayores que los del adulto, y sólo el éxtasis religioso puede ser tan exhaustivo.

El hombre religioso considera el Dios creador como padre de los hombres. Representa la creación del mundo a la manera de su propia génesis recurriendo a la imagen mnémica del padre amado de la niñez y elevándola a la categoría de divinidad. Freud califica de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la realidad. Pero una ilusión no tiene que ser necesariamente, irrealizable o contraria a la realidad, a diferencia de la idea delirante que presenta gran contradicción con la realidad. El predominio de la imaginación también se manifiesta en la actividad anímica de la masa cuando la prueba de realidad sucumbe a la poderosa energía afectiva de los deseos. La masa, organizada como un psiquismo primitivo, quiere ilusiones y no la verdad siguiendo la tendencia característica de no distinguir entre lo real y lo irreal.
La infancia del individuo es una imagen de la infancia de la humanidad, y la ontogénesis del individuo humano, una reproducción de la filogénesis del género humano.
Leyendo a Freud: «toda historia de la civilización es una exposición de los caminos que emprenden los hombres para dominar sus deseos insatisfechos, según las exigencias de la realidad y las modificaciones en ella introducidas por los progresos técnicos.
La investigación de los pueblos primitivos nos muestra a los hombres entregados, en un principio, a una fe infantil en la omnipotencia y nos proporciona la explicación de toda una serie de productos anímicos, que tienen como objeto negar todo aquello que contradiga su propia omnipotencia, manteniendose así alejados de la influencia de la realidad sobre su vida afectiva.
Paralelamente al dominio progresivo del hombre sobre el mundo exterior, se desarrolla una evolución de su concepción del universo, que va apartándose cada vez más de la primitiva fe en la omnipotencia y se eleva, desde la fase animista hasta la científica, a través de la religiosa. En ese conjunto entran el mito, la religión y la moralidad, como tentativas de lograr una comprensión de la inlograda satisfacción del deseo.
El religioso le deja a Dios el cargo de la causa, pero con ello corta su propio acceso a la verdad, con lo cual remite a Dios la causa de su deseo, haciéndole el objeto del sacrificio. Se instala aquí la verdad en un estatuto de culpabilidad, resultando de ello, una desconfianza para con el saber, ya que tanto el sentimiento de superioridad como el de inferioridad son sentimientos de culpa inconsciente y la correlativa necesidad de castigo que observamos con tanta claridad en algunos sujetos.
Muchas personas religiosas son, generalmente, religiosas de ninguna religión, son personas neuróticas y pueden dejar de serlo. Recuerdo que un obispo de Buenos Aires me trajo a una enferma que podría curarse con psicoanálisis y me dijo: “Si se psicoanaliza, ¿dejará de ser cristiana?». Si ser religioso es fruto de su neurosis, sí; pero que si es una actitud vital, no dejará de ser cristiano por el tratamiento psicoanalítico.

Para la especie el sujeto nace muerto, porque nace con un destino marcado: habrá de reproducirse por sexuación y todo aquel que se reproduce por sexuación, para mantener la especie, muere. Entonces nace, por definición, muerto. Sólo la religión puede responder al interrogante sobre la finalidad de la vida. No estaremos errados al concluir que la idea de adjudicar un objeto a la vida humana no puede existir sino en función de un sistema religioso. Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles.
La religión impone a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más.
Tampoco la religión puede cumplir sus promesas, pues el creyente, obligado a invocar en última instancia los “inescrutables designios” de Dios, confiesa con ello que en el sufrimiento sólo le queda la sumisión incondicional como último consuelo y fuente de goce. Y si desde el principio ya estaba dispuesto a aceptarla, bien podría haberse ahorrado todo ese largo rodeo.
ANTONIO MACHADO
España, 1875
ANOCHE CUANDO DORMÍA
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di, ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.
Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía…
Después soñé que soñaba.
Todo hombre tiene
dos batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.
Anoche soñé que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía,
y yo gritaba: ¡Despierta!