CUANDO JUGAR NO ES UN JUEGO
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CUANDO JUGAR NO ES UN JUEGO
CUANDO JUGAR NO ES UN JUEGO
Freud nunca usa el término moderno “ludopatía”, pero desde el psicoanálisis la interpreta como:
- Una conducta ligada a la culpa inconsciente.
- Una forma de repetición compulsiva.
- Un intento de descarga de tensiones inconscientes como antaño lo fue la masturbación infantil.
Puedes ver aquí el vídeo donde hablo de la ludopatía o juego patológico.
Los jugadores patológicos han existido siempre, a lo largo de la historia se conoce la adicción al juego de numerosos personajes, entre ellos personajes uno de los más famosos y conocidos fue el escritor ruso Dostoyevski, que durante una época de su vida vivió dominado por la pasión del juego.
La ludopatía afecta aproximadamente al 1,2% – 3% de la población adulta mundial, con unos 80 millones de personas sufriendo trastornos de juego y cerca de 450 millones en riesgo. En España, se estima que el 1,4% – 1,6% de la población (15-64 años) presenta juego problemático, cifra que aumenta en jóvenes debido a las apuestas online. La ludopatía es una adicción comportamental que conlleva graves problemas económicos, personales y familiares.

Todo crecimiento se topa con límites necesarios para aquellas pasiones más básicas que implican la satisfacción inmediata, pero hay ciertas personas que no quieren renunciar e insisten en ese mecanismo de descarga inmediata que luego acarrea culpa. Todos los hábitos o adicciones se desprenden de aquél primer hábito que es la masturbación infantil que se hace, al igual que el juego, con las manos: el jugador toca las cartas, o pone con sus manos la ficha sobre el tapete, o tacha los números del cartón del bingo, o da al botón de la máquina tragaperras. La pasión del juego es un equivalente de la infantil pasión por la masturbación, como lo delata claramente la acentuación de la apasionada actividad de las manos.
Por otra parte está lo irresistible de la tentación, los juramentos y promesas de abandonar el juego, jamás cumplidos, y el remordimiento de estarse matando (suicidio) aparecen inmutablemente conservados en la sustitución. Por lo que hay que resaltar que tiene que ver con esa primera pasión que tendrá que ser abandonada a lo largo de nuestro desarrollo.
Hemos dicho también que esstá esa tendencia al autocastigo. En los casos en los que el juego lleva a la persona a la más absoluta ruina, incluso a la cárcel, el juego es el modo de conseguir un castigo, de pagar una culpa inconsciente. Aunque el jugador racionalice las causas del juego, y se diga: juego para recuperar el dinero y así poder pagar las deudas contraídas, él mismo sabe que no es cierto, como lo sabía Dostoyevski, lo importante es el juego en sí, el jugar por jugar.
En el texto Dostoyevski y el parricidio, de Sigmund Freud, trabaja este tema de la ludopatía del escritor como un síntoma más de su neurosis. Freud analiza la figura de Fiódor Dostoyevski, quien tenía una fuerte adicción al juego. Relaciona la ludopatía con:
- Sentimientos inconscientes de culpa
- Necesidad de castigo
- Conflictos con la figura paterna

El juego le era a Dostoyevski, también, un medio de auto-castigo. Había dado infinitas veces a su joven esposa su palabra de honor de no jugar más, y como él mismo confiesa, jamás cumplía tales promesas. Y cuando sus pérdidas hundían a ambos en la más negra miseria, Dostoyevski extraía de ello una segunda satisfacción patológica. Podía insultarse y humillarse ante su esposa e incitarla a despreciarle y a lamentar haberse casado con aquel pecador incorregible, y después de descargar así su conciencia, volvía a la mesa de juego. Su joven mujer se acostumbró a este ciclo, pues observó que aquello que únicamente podía en realidad salvarlos, la producción literaria, nunca marchaba mejor que después de haber perdido todo y haber empeñado todo su ajuar.Cuando su sentimiento de culpabilidad quedaba satisfecho por el castigo que él mismo se había atraído, cesaba su incapacidad para el trabajo y se permitía dar unos cuantos pasos por el camino del éxito. Él siempre permanecía en la mesa de juego hasta haber perdido todo y quedar completamente arruinado. Sólo al ser completado el daño se alejaba el demonio de su alma dejando cabida al genio creador.
Stefan Zweig también trabaja el tema de la ludopatía en la novela “Veinticuatro horas de la vida de una mujer”. En esta novela una distinguida señora, ya entrada en años, relata al poeta un suceso por ella vivido veinte años atrás. Había perdido muy pronto a su esposo, y cuando sus dos hijos se crearon un hogar y quedó ella sola y sin objeto ya en la vida, se había dedicado a viajar para distraer su ánimo ensombrecido. Y una noche, en el casino de Montecarlo, cautivaron su atención las manos de un jugador desgraciado, que delataban con emocionante sinceridad e intensidad las sensaciones de su dueño. Era éste un apuesto joven —el poeta le atribuye, sin intención aparente, la edad del hijo mayor de la protagonista—, que después de haber perdido todo su dinero abandona la sala de juego, presa de honda desesperación, y sale al parque, acaso para poner fin a su vida. Una simpatía inexplicable fuerza a nuestra heroína a seguirle para intentar salvarle. El joven la cree al principio una de tantas aventureras que por aquellos lugares pululan, e intenta rechazarla; pero ella consigue permanecer a su lado, y una serie de circunstancias inesperadas la lleva a alojarse en el mismo hotel, y, por último, a compartir su lecho. Después de esta improvisada noche de amor, logra que el joven le jure solemnemente no volver a jugar, le facilita el dinero necesario para volver a su casa y le promete ir a despedirle a la estación. Pero luego despierta en ella una interna ternura hacia aquel joven; se propone sacrificarlo todo para conservar su amor, y decide partir con él. Azares contrarios la hacen perder el tren, y cuando luego, llevada por la nostalgia del bien perdido, entra en una sala de juego, encuentra de nuevo allí, con espanto, aquellas manos que despertaron su simpatía. El perjuro ha vuelto al juego. La protagonista le recuerda su juramento; pero él, poseído por la pasión del juego, la rechaza, y para librarse de su presencia acaba por arrojarle el dinero con el que ella había intentado redimirle. Nuestra heroína huye, profundamente avergonzada, y días después averigua que ni siquiera le ha sido dado preservar del suicidio a aquel desgraciado.
El análisis nos muestra que su invención reposa sobre la base primera de una fantasía de la época de la pubertad; fantasía que algunas personas recuerdan incluso como consciente. El contenido de esta fantasía es que la madre misma inicie al adolescente en la vida sexual para librarle de los temidos perjuicios del onanismo. El «vicio» de la masturbación aparece sustituido por la pasión del juego.Freud había establecido la relación entre la masturbación con las adicciones posteriores.
No conocemos ningún caso de neurosis grave en el que la satisfacción autoerótica de la temprana infancia y la pubertad no haya desempeñado su papel, y las relaciones entre los esfuerzos que el sujeto realiza para reprimirla y el miedo al padre son lo bastante conocidas para poder limitarnos a su simple mención.
En la juventud podemos ser más exploradores o estar más influidos por los compañeros o la publicidad, es cierto. Ahora es lucrativo y rentable el juego online, interesa que haya muchos “clientes” de eso. Y es una cosa económica, que es lo que sobredetermina las sociedades actuales. Hasta las ciencias están comandadas por intereses económicos y no por el progreso científico. Pero hay que decir que en cualquier momento de la vida puede haber un proceso de regresión a ese estado primitivo de la masturbación y desencadenarse este proceso patológico de la ludopatía. Hay juego porque hay jugadores y hay jugadores porque hay quien gana dinero con el juego, pero no es por competitividad, porque la mayoría de las veces gana la banca, no tiene que ver con ganar, tiene que ver con lo que estamos viendo, una descarga de tensión, un autocastigo y la consiguiente satisfacción del sentimiento inconsciente de culpabilidad y la permanencia de esas tendencias infantiles que tendrían que haber sido abandonadas.
Generalmente la familia se acaba enterando por el tema económico, es adicción porque acaba saltando la liebre, por la culpa, acabo afectando a alguien, estropeando relaciones, porque es algo neurótico, si no, vicios o perversiones el ser humano siempre ha tenido, es decir, que se divierte de formas inmorales pero para que haya convivencia, para que haya progreso económico la gente tiene que trabajar y por eso hay que restringir ciertas cosas, ciertas pasiones. Cuando alguien es neurótico o perverso le cuesta aceptar los límites, o se pasa o no llega.

A veces es la familia la que pide ayuda u obliga al ludópata a pedir ayuda, pero hay que tener claro que el que no quiere tratarse, el que no quiere curarse, no se cura. Uno tiene que estar dispuesto a transformarse, si no es imposible. No se puede hacer cambiar a nadie.
Si fuéramos inmorales, como en ciertas civilizaciones o momentos históricos, ganar o perder dinero sería una cuestión de la vida. Hay cientos de personajes literarios así. Otra cuestión es vivir en una sociedad tan moralista y donde además, el dinero tiene todo el poder, pues jugarte el dinero, ganar dinero o perder dinero, tiene bastante relevancia. Para unos es subir al cielo en un instante, cuando algunos en toda la vida trabajando no lo van a conseguir nunca y para otros es caer en la mierda en un instante, cosa que a otros no les pasará jamás. Son cosas de la vida. Cada uno tiene que decidir con quién quiere vivir y cómo quiere vivir. Lo demás es una decisión propia.